Cuando Margaret la llamó aquel domingo por la tarde, Rose no dudó ni un instante en aceptar. Sus dos amigas de toda la vida, Margaret y Helen, la invitaban a un último viaje al pueblo costero donde se habían conocido casi sesenta años atrás. Las tres pasaban ya de los setenta, y Rose pensó que solo querían revivir recuerdos antes de que fuera demasiado tarde. No sospechaba que había otra razón, mucho más profunda, detrás de aquella invitación.
Un regreso que despertó viejos fantasmas
Los primeros días transcurrieron como si volvieran a tener veinte años. Caminaron descalzas por la orilla, comieron demasiado, se rieron de antiguos novios y discutieron sobre quién había sido la más hermosa en su juventud. Pero cada vez que se acercaban al extremo más alejado de la playa, algo cambiaba. Margaret enmudecía. Helen desviaba la mirada. Allí, medio oculto entre los pastizales altos, se levantaba un viejo cobertizo de madera abandonado.
Rose sentía algo extraño al observarlo. «Tengo la sensación de haber estado ahí», comentó. Helen respondió demasiado rápido: «No, no estuviste». Esa noche, Rose las escuchó murmurar en la habitación contigua. Margaret decía que su amiga merecía saber la verdad. Helen temía que los recuerdos pudieran destrozarla.
La confesión en la última tarde
En el último atardecer, Margaret le pidió a Rose que se sentara entre ellas en la playa. Helen ya lloraba. «No podemos morir sin contarte lo que realmente pasó aquella última noche, hace cincuenta y cinco años», dijo Margaret tomándole la mano.
Rose recordaba solo fragmentos: una fiesta, música, botellas de vino, una carrera por la arena y luego oscuridad. Al día siguiente había despertado con la frente hinchada. Sus amigas le dijeron que había resbalado sobre unas rocas. Durante décadas, sin embargo, la perseguían sueños extraños: un hombre gritando, Helen chillando, sangre en el vestido de Margaret. Cada vez que lo mencionaba, ellas insistían en que solo eran imaginaciones.
Aquella tarde, Margaret finalmente confesó: no había habido ninguna caída. Un hombre llamado Thomas las había seguido desde la fiesta. Estaba ebrio. Sujetó a Rose por la muñeca y la arrastró hacia el viejo cobertizo. Helen intentó apartarlo y él la empujó al suelo. Entonces Margaret tomó un trozo de madera y lo golpeó con fuerza. Thomas cayó y dejó de moverse.
