Una petición que no se puede ignorar
Unos meses después, Gloria fue trasladada al hospital. Sin seres queridos que la cuidaran, Daniel fue a verla. Una tarde, ella le tomó la mano, lo miró fijamente a los ojos y le dijo en voz baja: «Tengo un último deseo. No quiero irme de este mundo sin haber tenido a alguien a quien llamar mi esposo. ¿Te casarías conmigo?».
Solo el pitido regular del monitor cardíaco rompía el silencio de la habitación.
Daniel no pegó ojo en toda la noche. A la mañana siguiente, habló con Sarah, su mejor amiga y compañera de trabajo. Ella fue directa: «Te arriesgas a poner en peligro tu carrera. La gente lo malinterpretará». Él asintió. «Lo sé». Luego añadió: «Pero solo me preguntó una cosa».
Esa misma tarde, regresó al hospital. Y dijo que sí.
El secreto guardado en la bolsa para siempre
Una semana después, en la habitación del hospital, un capellán ofició una ceremonia sencilla y solemne. Gloria vestía un cárdigan de lana rosa pálido y sonreía con una dulzura radiante. Tres días después, falleció en paz, con la mano de Daniel aún entrelazada con la suya.
En el cementerio, el abogado de Gloria se le acercó para entregarle el maletín, mucho más pesado de lo que había imaginado. Le susurró: «Te eligió por una razón específica. Hay una carta dentro. Empieza por ahí».
Algunos encuentros no son casuales, sino que son respuestas a quiénes somos realmente.
