Siempre he creído que he llevado una vida sencilla y honesta.
Mi madre, Nancy, me educó con reglas claras: mantén tu porche limpio, di la verdad y nunca dejes que los secretos crezcan donde no deben.
Durante la mayor parte de mi vida, pensé que había seguido esas reglas a la perfección.
Me llamo Tanya. Tengo treinta y ocho años, estoy casada con un buen hombre llamado Richie y soy madre de dos niñas que dejan tazones de cereal y risas esparcidas por toda la casa.
Vivimos en un barrio residencial tranquilo donde nunca parece ocurrir nada extraordinario.
Las mayores discusiones vecinales suelen girar en torno a qué perro desenterró las flores de alguien o qué niño dejó la bicicleta en la entrada de la casa.
El señor Whitmore vivía en la casa de al lado.
