En tan solo dos semanas, treinta y siete niñeras renunciaron a sus trabajos en la mansión Whitmore. Algunas se marcharon llorando antes de que terminara su primer día, otras se fueron furiosas, jurando no volver jamás, sin importar cuánto dinero les ofrecieran. La última en irse entró tambaleándose por la puerta, con pintura azul goteando de su cabello y una marca de mordisco en el brazo. Antes de subir al taxi, señaló la enorme casa y gritó una frase que quedaría grabada para siempre en la memoria: «Estas chicas no necesitan otra niñera. Necesitan a su padre».
Un multimillonario con una casa vacía:
Desde su oficina en el tercer piso, Daniel Whitmore vio cómo el taxi se alejaba por el largo camino de entrada. A sus treinta y ocho años, era el fundador de una de las empresas de ciberseguridad líderes de Silicon Valley y un empresario admirado. Sin embargo, ninguno de esos logros importaba dentro de las paredes de su propia casa.
Sobre su escritorio yacía una fotografía familiar. En el centro, sonreía Grace, su difunta esposa, rodeada de sus seis hijas, que reían a su lado. La foto había sido tomada antes de que la enfermedad lo cambiara todo. En aquel entonces, la mansión rebosaba de calidez. Ahora, a pesar de su grandeza, se sentía completamente vacía.
