Llamé a la puerta de Hazel.
“Cariño. El baile de graduación es dentro de tres semanas.”
“No voy a ir, mamá.”
“Mason quería que fueras.”
Permaneció en silencio durante un buen rato. Entonces la cama crujió, se oyeron pasos que cruzaron la habitación y la puerta se abrió apenas unos centímetros.
“Mason quería muchas cosas.”
—Él quería que llevaras un vestido, bailando y riendo —dije—. Él me lo dijo.
“Mamá.”
“Pruébate solo uno. Un vestido. Si no te gusta, nos vamos y no volvemos a hablar del tema. ¿Trato hecho?”
Me miró a través de esa estrecha rendija de la puerta, y vi algo agitarse en sus ojos que no había visto en meses. No era exactamente esperanza. Quizás curiosidad. Una pequeña señal de aprobación.
“Un vestido”, dijo.
El sábado siguiente, conduje hasta el centro comercial agarrando el volante con fuerza y con un nudo peligroso en el pecho. Esperanza. Después de un año de vacío, me había atrevido a sentirla de nuevo.
Debería haberlo sabido.
Las tres primeras boutiques utilizaron un lenguaje más suave. «Inventario limitado». «Solo tallas de muestra». «Podríamos hacer un pedido especial, pero no a tiempo». Pero el significado era obvio: pensaban que era demasiado grande para sus vestidos.
Al llegar a la cuarta tienda, vi cómo Hazel se encogía sobre sí misma, con los hombros encogidos hacia las orejas, tal como había sucedido en el funeral de Mason.
Me esforcé por mantener la voz alegre.
“Hay un sitio más. El bonito de la calle Maple.”
“Mamá.”
“Solo una más, cariño.”
El viejo apodo casi se me escapa, pero lo corregí antes de que pudiera herirla. Esa palabra pertenecía a Mason. Solo a Mason.
En el escaparate de la boutique Maple había un vestido que ya me había imaginado puesto en ella. Color marfil, suave, romántico. Hazel se quedó un buen rato frente al cristal antes de preguntar, con una voz que no había oído en un año: “¿Puedo probarme el del escaparate?”.
La vendedora la miró lentamente de arriba abajo, con la boca apretada.
“Eso no te va a funcionar, cariño. Eres demasiado grande.”
Eso fue todo. Ni una pizca de amabilidad. Ni una disculpa.
Hazel no lloró. No protestó. Simplemente se dio la vuelta, salió por la puerta y se subió al asiento del copiloto de mi coche. La seguí, con las manos temblorosas alrededor de las llaves.
“Hazel, lo siento mucho. Voy a volver adentro y…”
“Por favor, conduzca.”
