El hombre detrás del personaje
Mi primera sorpresa llegó el día en que conocí personalmente al señor Mario.
Yo estaba limpiando el comedor cuando escuché pasos. Al levantar la mirada, lo vi frente a mí. No llevaba el vestuario de Cantinflas ni hablaba como el personaje. Vestía un traje oscuro y tenía una expresión seria, casi distante.
—¿Usted es la nueva muchacha? —me preguntó.
—Sí, señor. Me llamo Elena.
Me observó durante unos segundos. Después señaló mis zapatos viejos y gastados.
—¿Vino caminando?
Sentí vergüenza y bajé la mirada.
—Sí, señor.
Sacó unos billetes de su bolsillo y los dejó sobre la mesa.
—Cómprese unos zapatos resistentes. Aquí hay mucho trabajo y no quiero que termine lastimada.
Me negué a aceptarlos porque todavía no había trabajado ni un solo día. Él no insistió. Simplemente se marchó y dejó el dinero allí.
Aquella fue la primera vez que comprendí que Mario Moreno y Cantinflas no eran exactamente la misma persona.
Con el paso de los meses descubrí sus costumbres. Era exigente, especialmente con la puntualidad y la limpieza, pero también se preocupaba por las familias de quienes trabajábamos allí.
Algunas semanas me preguntaba por la salud de mi madre. Cuando le explicaba que seguía necesitando medicinas, asentía en silencio. Al cobrar mi salario, yo encontraba discretamente una cantidad adicional dentro del sobre.
Nunca decía que el dinero venía de él.
Yo tampoco se lo preguntaba.
