Trabajé para Mario Moreno y aquella noche descubrí al hombre que nadie conocía

La noche que nunca olvidé

Una noche de diciembre hubo una gran reunión en la casa. Llegaron actores, productores, empresarios y otras personas importantes. Desde la cocina escuchábamos risas, música y aplausos.

El señor Mario era el centro de la fiesta. Contaba historias, imitaba voces y hacía reír a todos. Quienes lo rodeaban parecían adorarlo.

La celebración terminó después de la medianoche. Los invitados se marcharon y nosotros comenzamos a recoger las copas y los platos.

Cerca de las dos de la madrugada, fui a la cocina por un trapo. Cuando encendí la luz, descubrí al señor Mario sentado junto a la mesa.

Estaba completamente solo.

Delante de él había una taza de café que ya debía estar fría. Tenía la cabeza inclinada y sostenía una fotografía entre las manos. Cuando levantó el rostro, vi que sus ojos estaban llenos de lágrimas.

Me quedé paralizada.

—Perdón, señor —dije—. No sabía que estaba aquí.

Intenté salir, pero me pidió que me quedara.

—Elena, ¿alguna vez ha sentido que todos quieren algo de usted, pero nadie desea conocerla realmente?

No supe qué responder. Yo era una joven empleada doméstica frente a uno de los hombres más famosos del país.

—No, señor… o quizá sí. No lo sé.

Él miró hacia el salón, donde minutos antes todos habían estado riendo.

—¿Los escuchó? —preguntó—. Se ríen antes de que termine de hablar. Algunos ni siquiera prestan atención. Se ríen porque creen que eso es lo que deben hacer cuando están conmigo.

Guardó silencio unos instantes.

—Todo México conoce a Cantinflas —continuó—, pero muy pocos conocen a Mario.

Aquellas palabras se me quedaron grabadas.

Yo había imaginado que la fama lo protegía de cualquier tristeza. Sin embargo, aquella noche comprendí que también podía convertirse en una jaula.

—Mi madre decía que la persona que hace reír a los demás también necesita que alguien le pregunte cómo está —me atreví a decir.

Él me miró sorprendido. Después sonrió, pero no fue la sonrisa del cine. Fue una sonrisa pequeña, cansada y sincera.

—Su madre es una mujer sabia.

Permanecimos en silencio. Yo lavaba unas tazas mientras él continuaba sentado. No hizo ningún chiste. No actuó. Durante aquella hora no fue Cantinflas. Fue simplemente un hombre cansado que no quería quedarse solo.

Antes de abandonar la cocina me pidió algo:

—No le cuente a nadie que me encontró así.

Prometí guardar el secreto.

Y lo cumplí durante más de 70 años.

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