La carta para mi madre
A la mañana siguiente pensé que fingiría que nada había ocurrido. Pero cuando llegué a la cocina encontré un sobre con mi nombre.
Dentro había dinero suficiente para cubrir varios meses del tratamiento de mi madre. También había una nota escrita a mano:
“Elena: vaya a verla. Una madre no debe esperar cuando necesita a su hija”.
Sentí que las piernas me fallaban.
Fui a buscarlo para agradecérselo, pero la administradora me dijo que había salido temprano. Cuando regresó, intenté hablar con él. Apenas me dejó terminar.
—No me agradezca —dijo—. Algún día ayude usted a otra persona que lo necesite. Con eso estaremos a mano.
Gracias a ese dinero pude regresar a Guanajuato y acompañar a mi madre. Su enfermedad no desapareció, pero recibió el tratamiento que necesitaba y vivió muchos años más.
Cuando volví a la capital, el señor Mario no preguntó cuánto había gastado ni me pidió explicaciones. Solo quiso saber una cosa:
—¿Su madre está mejor?
Cuando respondí que sí, sonrió y continuó caminando.
Lo que aprendí en aquella casa
Trabajé allí durante varios años. Vi entrar y salir a muchas personas. Algunas parecían querer sinceramente al hombre; otras solo buscaban al artista famoso.
También observé pequeños gestos que nunca aparecían en los periódicos: sobres entregados discretamente, medicinas pagadas, empleos encontrados para personas necesitadas y ayuda ofrecida sin fotografías ni anuncios.
No pretendo decir que fuera un hombre perfecto. Tenía un carácter fuerte y días en los que resultaba difícil acercarse a él. Como cualquier ser humano, poseía contradicciones que el público no podía conocer.
Pero yo nunca olvidé la noche en que lo encontré llorando en la cocina.
Con los años entendí que las personas más alegres también pueden llevar una tristeza escondida. A veces, quienes hacen reír a todo el mundo son precisamente quienes más necesitan ser escuchados.
Dejé aquel trabajo cuando me casé. Antes de irme, el señor Mario me llamó a su despacho.
—¿Está segura de que ese hombre la tratará bien? —preguntó con seriedad.
Le respondí que sí.
Entonces me entregó un pequeño sobre como regalo de boda. Yo quise rechazarlo, pero él negó con la cabeza.
—Esta vez no discuta, Elena. Sea feliz.
Fue la última conversación larga que tuvimos.
