Ella estaba armada
Una pequeña pistola descansaba sobre su cadera, oculta bajo su sencillo vestido negro.
La señora de la limpieza que le había servido café todas las mañanas durante tres años portaba un arma de fuego en su casa.
“¡El maletero está limpio!”, gritó una tercera voz desde el otro lado de la habitación.
“Solo dinero en efectivo y algunas joyas.”
Marcus rió, pero su risa carecía de calidez.
“Él guarda sus verdaderos secretos en otro lugar.”
Necesitamos que siga con vida el tiempo suficiente para que nos diga dónde está.
Vincent apretó los puños.
El imperio que había construido, el legado que había protegido, estaba siendo diseccionado por su propia sangre.
Pero el mayor horror fue darse cuenta de que todo esto había sido planeado durante mucho tiempo.
¿Cuántas conversaciones había escuchado Marcus?
¿Cuántas cenas familiares habían sido misiones de reconocimiento?
Elena acercó sus labios a su oído.
—Hay algo más que deberías saber —murmuró con una voz tan grave que Vincent sintió que se le oprimía el pecho.
“No se trata solo de dinero o territorio.”
Segunda parte:
Vincent no respondió.
Él miró fijamente a Elena.
En treinta años, nadie había logrado sorprenderle dos veces en la misma noche.
Sin embargo, de una forma u otra, la discreta camarera que le doblaba las camisas y le servía el espresso matutino ya lo había hecho.
Dos veces
—¿Qué quieres decir? —preguntó en silencio, sin pronunciar palabra.
Elena finalmente se quitó la mano de la boca.
Su voz era tan suave que apenas se oía.
“No están aquí para robarte tu imperio.”
Ella tragó
“Están aquí para borrar tu linaje.”
Al salir del armario, Marcus dejó de caminar.
“La chica”, dijo.
Esas palabras paralizaron a Vincent.
—¿Alguien la ha encontrado? —preguntó Marcus.
Uno de los hombres respondió.
“No.”
Marcus juró
“No podemos dejar ninguna huella imborrable.”
Vincent sintió que algo se rompía en su interior.
Su hija
Sofía
La única persona a la que amó más que al poder.
